martes, 24 de septiembre de 2013

QUO VADIS, UE?

VOLVIENDO A LA CEE

Estamos asistiendo en estos momentos a una paulatina y acelerada pérdida de derechos por parte de los ciudadanos con total responsabilidad de las autoridades e instituciones públicas a todos los niveles (europeo, nacional, autómico y local). En nombre de la sacrosanta recuperación económica (recuperación para quién?) se parapetan todo tipo de actuaciones a nivel legislativo, político y judicial que dejan al ciudadano más debilitado que nunca, quedando claro que el eslabón más débil de la cadena es precisamente el ciudadano y los intereses a defender son siempre los de las grandes corporaciones, empresas e intereses económicos. El nacimiento de la Unión Europea se fraguó en una unión comercial entre países. Posteriormente, se desarrolló la unificación a otros niveles. Lo que queda claro en estos momentos es que los intereses económicos siguen teniendo preponderancia en el seno de UE por encima de cualquier otra cuestión. Esto, que queda patente en el ámbito financiero, fiscal, energético, entre otros (especialmente en España), también sucede en el ámbito alimentario. La industria alimentaria tiene un peso comercial muy relevante (cercana al 10% del PIB en España). En estos momentos, los intereses comerciales de las empresas están primando por encima de otras cuestiones como la salud de los consumidores, la información veraz y contrastada y el comercio racional. La máxima autoridad europea en cuestiones alimentarias, la EFSA, no es más que un mero órgano consultivo de ámbito científico cuyas resoluciones enfocan el caracter de las legislaciones que, finalmente son aprobadas. Parece evidente que son las presiones a nivel político las que determinan el marasmo en el que se desarrolla, aplica e interpreta la legislación alimentaria actual.


¿Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria, cuántas promesas incumplidas más?

En el reglamento europeo 1924/2006 relativo a las declaraciones nutricionales y de propiedades saludables en los alimentos y que entró en vigor en julio de 2007 se ponían las bases regulatorias sobre las declaraciones de los efectos beneficiosos de los alimentos que se podrían utilizar para publicitarlos o para ser utilizados en la propia etiqueta de los alimentos. 
Uno de sus principales preceptos es que la utilización de declaraciones nutricionales y de propiedades saludables no deberá ser falsa, ambigua o engañosa; dar lugar a dudas sobre la seguridad y/o la adecuación nutricional de otros alimentos; o alentar el consumo excesivo de un alimento.

Otro de los pilares en los que se pretendía fundamentar esta regulación fue que en un breve plazo (exactamente estaba previsto para enero de 2009) la Comisión establecería los perfiles nutricionales específicos que deberían cumplir los alimentos para poder efectuar las declaraciones nutricionales o de propiedades saludables. Esto es, si pretendemos hacer la declaración de que una mantequilla es reducida en sal y utilizar, por lo tanto, la declaración 'un menor consumo de sodio contribuye a mantener la tensión arterial normal', de ello se deriva que la mantequilla será beneficiosa para nuestra salud cardiovascular, cuestión que queda en entredicho por la alta cantidad de grasas saturadas de la mantequilla. De este modo, los perfiles nutricionales pretendían -con buen criterio, según mi modo de ver- circunscribir las declaraciones a alimentos "sin excesos o moderados" en su contenido de nutrientes "perjudiciales". A día de hoy, nada se sabe de los perfiles nutricionales, supuestamente -o mejor, seguramente- por las presiones de la industria alimentaria.

En cuanto al primer punto señalado, esto es, que "las declaraciones no deberán ser falsas, ambiguas o engañosas, dar lugar a dudas sobre la adecuación nutricional de otros alimentos y alentar o aprobar el consumo excesivo de un alimento", es evidente que no se está cumpliendo. Uno de los productos más referenciados y vilipendiados al respecto es el famoso Actimel de Danone. Con razón. Después de que la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria denegana la declaración respecto al microorganismo presente en la leche fermentada (Lactobacillus casei) y sus supuestos beneficios para el buen funcionamiento del sistema inmunitario, recurrieron a la suplementación con vitamina B6, que sí dispone de una declaración aprobada sobre el sistema inmunitario ("La vitamina B6 contribuye al funcionamiento normal del sistema inmunitario"). Pero claro, ya puestos, dado que esta vitamina dispone de más declaraciones aprobadas, ¿por qué quedarse solo con el sistema inmunitario? Efectivamente, en la nueva publicidad de Actimel, se hace referencia no solo al sistema inmunitario, también a la disminución del cansancio (gracias a la declaración aprobada "La vitamina B6 ayuda a disminuir el cansancio y la fatiga"). 
Esto es un auténtico disparate, máxime tratándose de una vitamina muy presente en gran variedad de alimentos y siendo, por lo tanto, muy complicado que alguien con una dieta relativamente variada pueda presentar carencias nutricionales de la misma. 
Así las cosas, los que nos dedicamos a las cuestiones alimentarias permanecemos atónitos ante los acontencimientos. La crisis económica en el seno de la UE es evidente desde hace años, pero también la crisis de valores y el modelo de convivencia que permite el desamparo de los ciudadanos, también a nivel alimentario.

Otro día hablaremos sobre los cosméticos...

viernes, 20 de septiembre de 2013

Declaraciones de propiedades saludables de los alimentos, la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) y otros temas de similar enjundia

Reclamos de salud en etiquetas de alimentos

Hace unas semanas, se aprobaron por parte de la Comisión Europea (publicándose, por tanto, en el Diario Oficial de la Unión Europea) tres nuevas declaraciones de propiedades saludables de alimentos que han de unirse a las ya aprobadas por el Reglamento 432 de 2012, si bien estas tres nuevas declaraciones presentan ciertas particularidades. En concreto, se trata de declaraciones derivadas de solicitudes de autorización basadas en nuevas pruebas científicas obtenidas o que incluyen una solicitud de protección de datos por derechos de propiedad industrial. 
Las respectivas empresas que tramitaron las solicitudes, ahora aprobadas, son:

- GlaxoSmithKline Services Unlimited, que presentó una solicitud de declaración de propiedades saludables relativa a los efectos de una bebida no alcohólica ácida reformulada sobre la reducción de la desmineralización dental.

- Kraft Foods Europe-Biscuits R&D (posteriormente transformada en Mondelēz International), que presentó una solicitud de declaración de propiedades saludables relativa a los efectos del almidón de digestión lenta en alimentos que contienen almidón y la reducción de las respuestas glucémicas postprandiales.

- Barry Callebaut Belgium N.V., que presentó una solicitud de declaración de propiedades saludables relativa a los efectos de los flavanoles del cacao en la vasodilatación dependiente del endotelio.

Las tres peticiones obtuvieron el aval científico de la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) en primer lugar, y la aprobación de la Comisión Europea, finalmente, según el preceptivo marco legal. 

Es destacable mencionar que, al contrario que otras declaraciones aprobadas, en estos tres casos la utilización de las respectivas declaraciones queda restringida en beneficio de los susodichos solicitantes durante un período de cinco años a partir de la entrada en vigor del reglamento en cuestión (UE 851/2013). De este modo, hasta transcurridos cinco años, el resto de empresas que dispongan de alimentos con las características señaladas en las declaraciones, no podrán utilizar estas en su etiqueta.
El motivo esgrimido para que esto sea así es que los datos científicos y de otros tipos de información incluidos en las solicitudes están protegidos por derechos de propiedad industrial, y sin cuya presentación no podrían haberse autorizado las declaraciones de propiedades saludables.
Además, en aras de "estimular la innovación" este tipo de resoluciones se producen de manera acelerada. 

Está claro que estos procedimientos y motivos alegados son muy discutibles. Sin ir más lejos -y tomando como ejemplo el caso del 'almidón de digestión lenta'- existe bibliografía científica al respecto, desde al menos el año 2003, no sujeta a derechos exclusivos de ningún tipo ni para nadie. Claro, aquí se supone que ninguna empresa anteriormente había presentado una petición de declaración sobre este tema ni había realizado ensayos clínicos al respecto -cuestión que no todo el mundo, ni tampoco todas las empresas pueden permitirse-.
En fin, me parece claro que la clave está en que los departamentos legales y de calidad de las industrias alimentarias, se gasten grandes sumas de dinero en innovación y en esayos clínicos o bien que estén al corriente sobre las investigaciones realizadas y publicadas en el pasado. Creo que esta última opción es la más razonable.

Eduard García

miércoles, 3 de abril de 2013

Disminución del peso corporal: beneficios para la salud


Omme Healthcom, 2005

INTRODUCCIÓN

La obesidad es una enfermedad multifactorial que incluye componentes culturales, ambientales, socioeconómicos, psicológicos y genéticos. 1
La obesidad puede definirse como un aumento del peso corporal producido por la acumulación excesiva de grasa. Como cualquier enfermedad crónica precisa de la implantación de estrategias terapéuticas a largo plazo, para conseguir un control efectivo y una prevención específica de las complicaciones.

Grasa
La grasa es la principal reserva de energía del organismo y se almacena como triglicéridos en depósitos constituidos por el tejido adiposo. La adiposidad de la mujer es del 20 al 27 % del peso corporal, mientras que en varones es del 12 al 15%. En las mujeres, la grasa esencial es del 12% y en los varones, del 4 al 7%. Esta grasa esencial incluye en ambos sexos la grasa depositada en la médula ósea, corazón, pulmones, hígado, bazo, riñones, intestinos, músculos y tejidos ricos en lípidos en el sistema nervioso; es necesaria para el funcionamiento fisiológico normal. La grasa de depósito es la que se acumula en el tejido adiposo bajo la piel y alrededor de los órganos internos para protegerlos de traumatismos.
La totalidad de los depósitos de grasa pueden sufrir grandes variaciones a lo largo de las diferentes etapas fisiológicas de la vida de un individuo, y aun en la misma etapa pueden existir grandes fluctuaciones en la cantidad total de tejido adiposo. Así, los acúmulos de grasa permiten responder a las necesidades energéticas variables durante el  crecimiento, la reproducción y el envejecimiento, y según los cambios en las circunstancias ambientales y fisiológicas, como la disponibilidad de alimento y las exigencias o demandas derivadas de la actividad física. Esta variabilidad es una cualidad de las células adiposas o adipocitos, que tienen la capacidad de aumentar o disminuir de tamaño y también de aumentar de número. 2,3
La capacidad del organismo para almacenar la grasa ingerida es ilimitada y el exceso de consumo de grasa no produce un aumento en su oxidación, por lo que el exceso en la ingesta de grasa es almacenado rápidamente en forma de depósitos, con una eficiencia energética muy alta.
Así pues, el acúmulo excesivo de grasa en el organismo es el factor que determina la aparición de obesidad.


CLASIFICACIÓN DE LA OBESIDAD

Existen diversas técnicas para medir el grado de obesidad. En la práctica clínica, los parámetros que se consideran son la talla, el peso, el índice de masa corporal (IMC), y el índice cintura-cadera. El IMC se calcula utilizando la talla y el peso, mediante la fórmula de Quatelet (peso en kg/ talla en m2). Este índice tiene una buena correlación con el contenido de grasa corporal y nos permite clasificar la obesidad en diferentes grados y establecer el riesgo para la salud en función de los mismos.
La obesidad se define por un IMC por encima de 30 kg/m2. Por ejemplo, para ser considerado obeso un hombre que mida 1,80 m debe pesar más de 100 kg, y una mujer que mida 1,60 debe pesar más de 75 kg. 4

El IMC es el método de referencia utilizado para clasificar la obesidad:


Grado de obesidad
IMC (kg/m2)
Normalidad
20-24,9
Obesidad de grado I (sobrepeso)
25-29,9
Obesidad de grado II
30-34,9
Obesidad de grado III
35-39,9
Obesidad de grado IV (mórbida)
>40
Tabla 1. IMC y grado de obesidad

Es preciso comentar que un IMC  comprendido entre 25 y 29,9 podría clasificarse como normopeso en aquellos individuos en los que no coexistan otros factores de riesgo.
Los valores de IMC comprendidos entre 20 y 25 se asocian con el mínimo riesgo para la salud. Tanto valores de IMC inferiores a 20 como superiores a 25 determinan un riesgo relativo mayor de padecer diversas patologías.

El índice cintura-cadera nos proporciona información sobre la distribución regional de la grasa corporal, al mismo tiempo que nos da información sobre el riesgo cardiovascular asociado. Según este índice, la obesidad puede dividirse en obesidad androide y obesidad ginoide. La obesidad androide o abdominal se asocia a un riesgo mayor de padecer enfermedades metabólicas.
Los patrones regionales del depósito de grasa se controlan genéticamente y difieren marcadamente según el sexo. El tipo ginoide o "en forma de pera", común en las mujeres, se caracteriza por un acúmulo de grasa en glúteos y muslos. La distribución androide o "en forma de manzana", típica de los varones, se caracteriza por el acúmulo de grasa alrededor de la cintura y de la parte superior del abdomen. Este último tipo de depósito regional de grasa se caracteriza por la movilización rápida de ácidos grasos y se relaciona con un riesgo importante de hipertensión, enfermedades cardiovasculares y diabetes mellitus no insulinodependiente o tipo 2. La distribución regional de grasa define el riesgo de hiperlipidemia en niños obesos igual que en adultos. 4


Tipo de obesidad
Índice cintura/cadera*
Hombre
Mujer
Androide
> 1,0
> 0,9
Ginoide
< 1,0
< 0,9
Tabla 2. Clasificación de la obesidad según la distribución de la grasa
* El índice cintura/cadera se calcula dividiendo el perímetro en cm de la cintura (en el punto medio entre la arcada costal inferior y la cresta ilíaca) entre el perímetro de la cadera (la medida más ancha a nivel bitrocantéreo), también en cm.


La valoración sobre la distribución regional de la grasa en el organismo también puede hacerse a partir de la relación entre el pliegue lipídico tricipital y el pliegue subescapular. Para ello es preciso utilizar un lipocalibrador o lipómetro. Por su mayor grado de complejidad y su mayor grado de variabilidad a la hora de obtener datos precisos, es el parámetro de la relación cintura/cadera el más aceptado


PREVALENCIA DE LA OBESIDAD


La obesidad es un importante problema  personal y de salud pública y es también la enfermedad metabólica con más prevalencia en el mundo occidental, constituyendo una causa muy importante del incremento de la morbimortalidad en los países desarrollados. 5




Prevalencia mundial de la obesidad

La prevalencia mundial de la obesidad aumenta de manera alarmante tanto en países desarrollados como en países en vías de desarrollo. Además, el aumento de  la prevalencia de la obesidad se produce tanto en adultos como en niños, por lo que las consecuencias sobre la salud también se seguirán observando en el futuro.
En algunos países en vías de desarrollo, la obesidad coexiste con la malnutrición. Aunque la obesidad es todavía poco común en regiones como África y Asia, en los estudios epidemiológicos se observa un aumento de la prevalencia en la población urbana con respecto a la rural. En regiones económicamente más avanzadas la prevalencia puede ser tan alta como en los países indrustrializados. Las mujeres tienen mayor grado de obesidad que los hombres, aunque éstos tienen más sobrepeso.

Es significativo el hecho de que en 1996 el 44% de las mujeres adultas de Estados Unidos afirmaban hacer dieta para perder peso, mientras que el 55% de las mujeres y el 63% de los hombres presentaban sobrepeso (IMC>25kg/m2), estimándose por ello una mortalidad anual atribuible a la obesidad de 300.000 personas. 1, 6




 Prevalencia de la obesidad en Europa

La prevalencia de obesidad en la mayor parte de Europa es del 15-20% de la población de mediana edad. Esto significa que países como el Reino Unido, Francia y Alemania albergan de 5 a 10 millones de habitantes cada uno que son obesos y necesitan tratamiento. Esto supone un grave problema incluso para el sistema sanitario más avanzado. Además, hay que prestar especial atención en cuanto a priorizar el tratamiento en caso de complicaciones de la enfermedad. La prevención deberá ser el principal foco de atención.
Algunas estimaciones bastante comedidas estiman el coste de la obesidad en un 3-8% del gasto sanitario total.

Área
Países
Prevalencia (%)
Varones
Prevalencia (%)
Mujeres
Norte de Europa
Países escandinavos
12
13
Oeste de Europa
Bélgica, Francia, Holanda, Alemania
14
17
Mediterráneo
España, Portugal, Italia
17
29
Este de Europa
Polonia, Chequia, Eslovaquia, Hungría
18
30
URSS
Repúblicas Soviéticas (antes de 1991)
14
44
Tabla 3 . Estimación de la prevalencia de obesidad en Europa por zonas geográficas y sexos


Prevalencia de la obesidad en España

En España, se ha estudiado la prevalencia de la obesidad partiendo de las Encuestas Nutricionales realizadas en el País Vasco, Cataluña, Comunidad de Madrid y Comunidad Valenciana. La calidad técnica de las mencionadas encuestas y el hecho de que se hubieran utilizado los mismos procedimientos metodológicos impulsó la idea de construir una base de datos común, a partir de la cual obtener una estimación de la prevalencia de la obesidad en España. La muestra fue de 5.388 individuos de edades entre 25 y 60 años; 2.533 hombres y 2.855 mujeres. 7



IMC (kg/m2 )
Hombres (%)
Mujeres (%)
Total (%)

< 20
2,7
7,5
5,1

20-24,9 (normopeso)
38,3
45,5
41,9

25-29,9 (sobrepeso)
23,3
15,4
19,3

³ 30 (obesidad)
11,5
15,2
13,4
 Tabla 4. Prevalencia de la obesidad en España por sexos




ETIOPATOGENIA DE LA OBESIDAD

Durante largo tiempo la obesidad ha sido considerada como el resultado de la ingestión excesiva e indiscriminada de nutrientes. Sin embargo, en los últimos años diversos estudios han puesto de manifiesto los condicionantes genéticos y neurofisiológicos que determinan la acumulación de energía en forma de grasas en el organismo y la existencia de un intrincado juego metabólico que puede mediar entre la ingestión de alimentos, el gasto energético y la acumulación de reservas de energía en forma de grasa.

Efectivamente, la etiología de la obesidad incluye factores ambientales y genéticos, aunque también puede ser inducida por fármacos (por ejemplo, glucocorticoides) o ser secundaria a una gran variedad de desórdenes neuroendocrinos como el síndrome de Cushing o el síndrome ovárico poliquístico. 8
La obesidad es un factor de riesgo para diversas enfermedades crónicas como hipertensión, dislipemias, diabetes, enfermedad cardiovascular, apnea del sueño, osteoartritis y algunos tipos de cáncer.
También se llegó a considerar a la obesidad durante años una enfermedad endocrinológica. Sin embargo, menos del 3% de los obesos presentan alteraciones endocrinas significativas. La cantidad de grasa del organismo está estrechamente determinada al nacer y su distribución regional también se ve influida por factores genéticos. Diferentes factores ambientales acabarán de inducir el grado de obesidad que sufrirá o no un individuo.
Aún queda mucho por conocer sobre los mecanismos por los que unos individuos desarrollan obesidad y otros no. Sin embargo, sí es aceptado el hecho de que el peso aumenta cuando hay un desequilibrio entre las calorías ingeridas y las gastadas. La energía no empleada se almacena en el cuerpo en forma de grasa. Si este acúmulo se incrementa de forma significativa, dará lugar a la aparición de sobrepeso y más tarde obesidad.

La mayor proporción del gasto energético variable es la debida al trabajo muscular, siendo los componentes con mayor significación en la patogénesis de la obesidad la ingesta energética y el ejercicio. La ingesta de grasa parece tener una especial significación, no sólo porque la densidad calórica de la grasa sea mucho mayor que la de los otros nutrientes, sino porque la ingesta de grasa parece estar peor regulada.
Un paciente obeso típico ha visto incrementado su peso corporal en unos 20 kg a lo largo de 10 años. Eso significa un exceso energético diario de 30-40 kcal en el comienzo del desarrollo de la obesidad, el cual se ve aumentado gradualmente para mantener ese sobrepeso corporal. El exceso de energía diaria en este caso corresponde a menos de medio bocadillo pequeño, o la falta de un mínimo de actividad física (caminar durante media hora).
El balance energético positivo necesario para que la obesidad se desarrolle a lo largo de los años es tan pequeño que los pacientes no lo aprecian. Los mecanismos regulatorios implicados aún no se conocen con detalle. 4
  
 Genética

Existen factores genéticos implicados en la patogénesis de la obesidad. La heredabilidad es tan fuerte como la que pueda haber en caso de hipertensión, alcoholismo o esquizofrenia. Han sido identificados y clonados diversos genes implicados en la regulación energética. Un importante foco de atención es la leptina, una proteína señalizadora para la saciedad, producida exclusivamente en el tejido adiposo. Los receptores hipotalámicos reciben un mensaje sobre el estado de los adipocitos, que determinan la regulación de la ingesta energética. Sin embargo, la investigación con pacientes obesos en cuanto a anormalidades en la producción y  en los receptores de leptina sugiere que los errores genéticos en el sistema son muy raros.
Los valores aumentados de leptina encontrados en obesos son consecuencia probable del crecimiento del tejido que la produce, el tejido adiposo. 4

Los análisis de datos recogidos en el estudio Framingham señalan que los factores de riesgo más importantes para la enfermedad cardiovascular son la hipertensión arterial, colesterol, tabaquismo, y obesidad. Así mismo, la obesidad es el mayor factor de riesgo de morbilidad y mortalidad derivada de diversas enfermedades crónicas, incluyendo la enfermedad cardiovascular. Se conoce que algunas de las características relacionadas con la obesidad como es el IMC están influenciados por factores genéticos cuya heredabilidad se estima del 40-90%. La mayoría de estudios han evidenciado una etiología poligénica en formas comunes de obesidad y en el IMC.
Los resultados del análisis de la correlación familiar proporciona la evidencia de que existe esa correlación para el IMC entre hermanos y padres/hijos y que tanto factores ambientales como genéticos influencian esa correlación. En concreto, los puntos de correlación genética para el IMC parecen situarse en regiones de los cromosomas 2, 3 y 11. 9


Desequilibrios en el balance energético
Como se ha dicho, la regulación del peso corporal y el mantenimiento de los depósitos grasos en límites adecuados dependen del perfecto acoplamiento de dos procesos: ingesta y gasto energético.

La ingesta de alimentos nos provee de combustible capaz de producir energía química que medimos en forma de calor disipado en cada una de las reacciones. Los mecanismos que regulan el apetito y la ingesta son múltiples y complejos. En ellos intervienen tanto el sistema nervioso central  como el sistema nervioso autónomo, o lo que es lo mismo, multitud de condicionamientos tanto voluntarios como neurofisiológicos determinan la ingesta de alimentos.



El gasto energético del organismo se distribuye en diversos cometidos:
1.      Energía para el desarrollo de las funciones celulares y los procesos fisiológicos normales. Es el gasto metabólico basal o metabolismo basal.
2.      Energía gastada en trabajo físico. Depende de la actividad física desempeñada por cada individuo.
3.      El gasto termogénico obligatorio y optativo. Esta energía se emplea en la generación de calor



El gasto metabólico basal depende del peso del individuo. Si bien la masa magra o muscular determina la mayor parte de este gasto energético, el tejido adiposo también contribuye a este gasto.
Para realizar cualquier tipo de trabajo es preciso un aporte energético. La actividad física desempeñada por cada individuo incidirá sobre su consumo final de energía.
El gasto termogénico se produce tanto para mantener la temperatura del organismo invariable, como en forma de disipación espontánea de calor determinada por el tipo de dieta en su proceso de digestión y metabolización por parte del organismo.

Es posible incidir sobre el gasto energético total del individuo teniendo en cuenta cada una de sus vertientes. De este modo, se puede inducir un desequilibrio que nos permita aumentar el gasto energético en relación a las calorías que la dieta proporcione.
Para aumentar el gasto metabólico basal se deberá aumentar la cantidad de masa magra corporal; esto se puede conseguir a través del incremento de la actividad física. De igual modo, la realización de algún deporte o actividad física relativamente elevada conllevará, en sí misma, un gasto energético adicional. La tercera vertiente del gasto energético total se puede modificar por la dieta. Las proteínas y los hidratos de carbono determinan una mayor disipación de energía en forma de calor, así como un menor aprovechamiento energético tras su digestión y metabolismo que las grasas. Disminuyendo, pues, las grasas de la dieta en favor de los otros principios inmediatos, se fomentará la disipación energética en forma de calor y un menor aprovechamiento de las calorías de la dieta.

Un extenso número de estudios epidemiológicos pone de manifiesto que una alta representación de grasa en la dieta frente a una reducción proporcional de hidratos de carbono conduce a una mayor acumulación de energía por mecanismos no muy bien aclarados. De igual modo, la saciedad es mucho mayor con el consumo de proteínas o hidratos de carbono que con el de grasas, considerando cantidades isocalóricas de estos principios inmediatos. Otros factores a considerar son el aprovechamiento energético que se deriva de cada uno de los principios inmediatos, resultando las grasas ser energéticamente más rentables. En el periodo inmediato a la comida, las grasas determinan una pérdida energética en forma de calor de un 9%, mientras que los hidratos de carbono un 12% y las proteínas un 20%. Por otro lado, el trabajo metabólico para almacenar la energía sobrante también determina un mejor aprovechamiento calórico con las grasas. Éstas requieren un gasto del 4%, mientras que la formación de reservas adiposas a partir de hidratos de carbono requiere un 20% y un 34% a partir de proteínas.
Aunque a efectos de balance metabólico final todas las calorías pueden considerarse iguales, las dietas altas en grasas regulan mal la ingestión de altos aportes energéticos y el sobrepeso. Por otro lado, el gasto termogénico menor y la facilidad de almacenamiento determinan la proclividad al sobrepeso a expensas de las grasas.

Otro factor fundamental  a la hora de tener en cuenta los hábitos alimentarios y conductuales de un individuo es el psicológico. En este ámbito, diversas investigaciones señalan que existe una relación entre depresión y pérdida de peso y tener sobrepeso se relaciona con un menor riesgo de depresión o reducción en los síntomas depresivos. Los varones obesos parecen estar menos predispuestos a desarrollar síntomas de depresión que los no obesos. De igual modo, estudios clínicos con obesos señalaron aumentos significativos en los síntomas depresivos tras la participación en programas de reducción de peso. Sin embargo, este efecto no se aprecia en mujeres. 10





Además, de la grasa, existen otros factores alimentarios puntuales o componentes habituales de la dieta que pueden repercutir negativamente en la aparición de obesidad, por ejemplo el consumo de alcohol. Algunos estudios señalan que un consumo elevado de alcohol (>30 g/día) contribuye directamente a la ganancia de peso y a la obesidad, sin tener en cuenta el tipo de alcohol consumido. 11






Actividad física

El estilo de vida de la sociedad industrializada determina un alto grado de sedentarismo que repercute de forma muy marcada en el problema de la obesidad. Si bien se ha comprobado que el gasto metabólico basal del obeso, en contra de lo que se creía, está aumentado en comparación con el individuo sano, no es menos cierto que el sedentarismo y la falta de actividad física repercuten de forma manifiesta en el desarrollo de la obesidad.
El descenso del gasto metabólico basal determinado por una dieta hipocalórica (al disminuir las calorías totales de la dieta, el organismo "economiza" su gasto), puede atenuarse con el establecimiento de hábitos y pautas que incluyan el ejercicio físico, siempre de forma individualizada, programada y atendiendo a las características concretas del obeso. 5



 PRINCIPALES PATOLOGÍAS ASOCIADAS A LA OBESIDAD



La investigación sobre la obesidad está aún en su infancia. Lo que sí está totalmente aceptado es que supone un factor de riesgo muy importante para la aparición de otras patologías.
La American Heart Association ha clasificado recientemente la obesidad como el mayor factor de riesgo modificable para la enfermedad coronaria. 12
Diversas condiciones comórbidas primarias asociadas a la obesidad son la enfermedad coronaria, dislipemias, diabetes mellitus tipo 2, hipertensión, hiperuricemia, problemas osteo-articulares y de riego sanguíneo, apnea del sueño, problemas respiratorios, trastornos sexuales y algunos tipos de cáncer. 1 Las consecuencias psicosociales son también importantes, incluyendo la limitación de la capacidad de llevar a cabo actividad física. 13
Dado que la obesidad es el principal factor que contribuye a la enfermedad coronaria (EC), la promoción de la pérdida de peso y el mantenimiento de esa pérdida de peso debería tener la máxima prioridad en la prevención y el tratamiento de los factores de riesgo de la enfermedad coronaria.
De igual modo, la obesidad también incide en el aumento de la mortalidad. 14 Las personas con un IMC superior a 27 presentan un significativo incremento de mortalidad. Algunos estudios clínicos han sugerido que mínimas pero sostenidas pérdidas de peso pueden reducir o eliminar las patologías relacionadas con la obesidad. Desafortunadamente, los datos a largo plazo muestran que la mayoría de personas que pierden peso lo recuperan en los siguientes 5 años y los factores de riesgo asociados se reestablecen.

Atendiendo a datos epidemiológicos concretos se han llevado a cabo estimaciones que señalan cómo la mortalidad empieza a crecer a partir de niveles de IMC por encima de 25 (Riesgo Relativo=1,1) y se incrementa de manera más notable por encima de valores de IMC=30 (RR=1,5). De este modo, con un IMC de 35 el factor que incrementa la mortalidad es de 2,5 veces. De igual modo, una presión sanguínea diastólica de 100 y de 120 mm de Hg incrementan la mortalidad con factores de 2 y 5, respectivamente. Así mismo, niveles de colesterol de 236 y 290 mg/dL incrementan la mortalidad con factores de 1,8 y 4 veces, respectivamente. Finalmente los estudios muestran que a mayor duración de la obesidad, mayor es el riesgo. 13




Grado de obesidad                                              Valor del IMC (kg/m2)                       Riesgo de mortalidad (Riesgo para la salud)

Bajo peso                                                                             < 20                                                       Moderado
Normopeso                                                                          20-24.9                                                  Muy bajo
Normopeso                                                                         25-26.9                                                  Muy bajo (sin factores de riesgo)
                                                                                                                                                             Bajo (con factores de riesgo)                                                 
Obesidad grado I (sobrepeso)                                        27-29.9                                                   Bajo
Obesidad grado II                                                               30-34.9                                                  Moderado
Obesidad grado III                                                           35-39.9                                                  Alto
Obesidad grado IV (mórbida)                                          > 40                                                        Muy alto

Tabla 5. Riesgo de mortalidad en relación al IMC y el grado de obesidad



Beneficios de la pérdida de peso

Existen suficientes evidencias sobre la reducción de peso y los beneficios en las enfermedades a la obesidad, al menos a corto plazo. 15
Se acepta que una reducción de al menos un 5% del peso corporal inicial es suficiente para obtener mejorías clínicamente significativas de los trastornos asociados a la obesidad. Esta pérdida de peso en los pacientes obesos se asocia a reducciones de las concentraciones de colesterol total, lipoproteínas de baja densidad y triglicéridos; aumentos de la sensibilidad a la insulina y disminuciones de las concentraciones de glucosa e insulina en plasma en los pacientes con diabetes mellitus tipo 2, reducciones significativas de la presión arterial en los pacientes con hipertensión, aumento de la longevidad y aumento de la autoestima y las emociones positivas. 14

En estudios llevados a cabo con pacientes obesos con diabetes se mostró que la reducción de peso derivada de un tratamiento dietético se asoció con mejoras en el control glucémico y permitió la reducción de fármacos hipoglicemiantes orales y en las necesidades de insulina.
En pacientes que presentaban obesidad e hipertensión, diversos estudios muestran que la reducción de peso va asociada con la reducción de la presión arterial diastólica, y de las necesidades de fármacos antihipertensivos.
En estudios con pacientes obesos con hiperlipemia se ha observado que la reducción de peso lleva aparejada una mejora del perfil lipídico sérico. Además, mejoras en el control de la hipertensión, niveles de glucosa sanguínea y en los niveles lipídicos séricos pudieron llevarse a cabo a partir de modestas reducciones de peso (menores a 5 kg).
Otros estudios señalan que la reducción ponderal en adultos obesos alivia los síntomas en casos de apnea del sueño.
En pacientes obesos y no obesos con enfermedad arterial coronaria se ha observado que con un programa de reducción múltiple de riesgos que incluía una dieta baja en calorías, ejercicio aeróbico y dejar de fumar, que además se asociaba con una disminución o mantenimiento de peso, se obtenía una progresión más lenta o una regresión en la aterosclerosis coronaria y una reducción en los síntomas de angina. 15

Existen únicamente 2 inconvenientes en términos de salud relacionados con la pérdida de peso que hayan sido recogidos en los estudios prospectivos llevados a cabo. El riesgo relativo de colecistectomía se vio aumentado en un factor de 1,97 para aquellos pacientes que habían perdido más de 10 kg en los 2 años anteriores. Por otro lado, la densidad ósea se ve típicamente aumentada en los pacientes obesos y disminuye después de la pérdida de peso. En mujeres blancas que comenzaron a perder peso sobre los 50 años se apreció un incremento en el riesgo de fractura de cadera.













Obesidad y enfermedad cardiovascular (EC)

Durante muchos años el riesgo de enfermedad coronaria asociado con la obesidad se atribuyó a la hipertensión, dislipemia, intolerancia a la glucosa y otros factores de riesgo relacionados con la obesidad. Sin embargo, en los pasados 20 años, ha sido reconocido el impacto independiente de la obesidad en el riesgo de la enfermedad coronaria.
En mujeres, el Framingham Heart Study proporcionó algunos de los primeros resultados que indicaron la independencia del efecto de la obesidad sobre la enfermedad coronaria. Se siguieron mujeres y hombre exentos en inicio de enfermedad coronaria durante 26 años (2.818 y 2.252, respectivamente). El riesgo relativo en mujeres con un peso superior al 130% de su peso deseable en comparación con aquéllas con un peso inferior al 110% de su peso deseable, resultó ser de 2,04.
En el Nurses’ Health Study se llevó a cabo un seguimiento de 8 años sobre 115.886 mujeres exentas de EC, apoplejía y cáncer. El riesgo relativo de EC para mujeres con un IMC superior a 29, en relación con aquéllas con un IMC inferior a 21 fue de 2,6. Haciendo el ajuste por tabaquismo, hipertensión, diabetes, colesterol sérico y la historia familiar, el riesgo relativo aún fue de 1,9.
En hombres, para un peso superior al 130% del peso ideal (IMC superior a 30) para una edad inferior a 55 años, el riesgo relativo para EC fue de 1,73.
En datos de 22 años de seguimiento de 1.707 hombres en el Chicago Western Electric Study, que tenían de 40 a 55 años y estaban exentos de enfermedad coronaria y cáncer, los individuos con un IMC superior a 28,1 presentaron un riesgo relativo para EC de 2,31, en relación con los valores de los individuos con un IMC inferior a 23,1 kg/m2. 1



Ganancia de peso como factor de riesgo para la EC
La ganancia de peso también está asociada a un significativo incremento del riesgo de EC. Una ganancia de peso de 15 kg se asocia con un incremento del 75% en el riesgo de padecer EC. La combinación de un elevado IMC y un incremento significativo de peso tienen un efecto exagerado. El riesgo relativo de una mujer con un IMC inferior a 23,2  que gane 20 kg o más es de 6 veces, comparado con mujeres con un IMC inferior a 19,1 con cambios mínimos en el peso corporal.
El incremento de peso en hombres también aumenta el riesgo de EC, de forma apreciable.



Comparación de la obesidad con otros factores de riesgo principales para la EC
Un hombre o mujer joven con un elevado IMC incrementan su riesgo de EC tanto como si presentaran dislipemia, hipertensión arterial o si fueran fumadores. Por cada 1% que una persona joven excede de su IMC deseable, se incrementa el riesgo de EC en un 3,3% en mujeres y un 3,6% en hombres. La pérdida de peso y su mantenimiento en el tiempo reduce significativamente los mayores factores de riesgo de la EC. Por ejemplo, se han apreciado, por cada kg de peso perdido, reducciones de colesterol sérico del 1%; 0,68% de colesterol-LDL; 1,9% de triglicéridos; 0,5% de la presión arterial sistólica; 0,4% de la presión arterial diastólica y 0,2 mM en la glicemia, así como un aumento en el colesterol-HDL del 0,2%.
Algunos autores estiman que el 70% de los casos de EC en mujeres con sobrepeso y el 40% en todas las mujeres son atribuibles al sobrepeso y a la ganancia del mismo, y en consecuencia son potencialmente prevenibles. 1

La estimación del aumento del riesgo de EC por cada unidad de IMC se sitúa entorno al 14%. De este modo, cada 1% más de IMC aumenta el riesgo de EC en un 3,3% para mujeres y un 3,4% para hombres.
Finalmente, el incremento de riesgo para EC asociada al aumento de 1 kg de peso se estimó en 5,2% para mujeres y 4,9% para hombres.

Otros factores de riesgo de EC asociados a la obesidad
Además de la dislipemia, la hipertensión, la intolerancia a la glucosa o diabetes, asociadas con el sobrepeso y la obesidad, existen otros factores de riesgo para la EC que también se asocian con la obesidad. Algunos de esos factores de riesgo son las alteraciones en la coagulación sanguínea y riesgo de trombosis y el incremento de citocinas proinflamatorias.


Hiperlipemias

Las hiperlipemias engloban un amplio conjunto de diferentes trastornos que se caracterizan por presentar valores aumentados de lípidos plasmáticos.
Existen diversidad de subtipos de hiperlipemias que presentan una sintomatología y unos datos clínicos diferentes. Podemos dividir las hiperlipemias en primarias y secundarias. Estas últimas se derivan de diabetes mellitus, hipoparatiroidismo, síndrome nefrótico, ictericia obstructiva, medicación con diuréticos y corticoides y obesidad, entre otras. Todas precisan de una respuesta dietoterapéutica, sin perjuicio del tratamiento farmacológico adecuado.

Se reconoce la existencia de varios factores de riesgo para la enfermedad coronaria como el aumento de colesterol, la disminución de las lipoproteínas de alta densidad o colesterol-HDL, el tabaco, la hipertensión arterial, la diabetes mellitus, la obesidad, el sedentarismo, la alteración de algunos factores de coagulación y las situaciones psicosociales adversas (stress).
La mayoría de las ocasiones, las cifras elevadas de colesterol se deben a una dieta inadecuada, rica en grasas saturadas y colesterol y pobre en fibra. Las diferencias individuales, a su vez, se verán influidas por condicionantes genéticos (hipercolesterolemia poligénica). El sobrepeso, asimismo, predispone a tener un colesterol elevado.
Un incremento del 1% en la concentración de colesterol sérico aumenta el riesgo de EC en un 2-3%. De igual modo, un incremento de 1 mg/dl en el colesterol sérico aumenta el riesgo estimado para la EC en un 2%.

No sólo el hecho de presentar valores elevados de colesterol LDL plasmáticos se relaciona con una mayor predisposición a la enfermedad coronaria. La presencia de lipoproteínas de baja densidad (LDL) con características peculiares (pequeño tamaño y una densidad elevada), que está asociada con unos niveles elevados de triglicéridos, se relaciona directamente con el riesgo de padecer enfermedad coronaria. Esto se debe, posiblemente, a su mayor susceptibilidad a la oxidación y su mayor afinidad por los receptores LDL. Se ha observado que tanto pacientes diabéticos como obesos presentan elevadas proporciones de LDL pequeñas y densas, aun siendo normolipidémicos. De este modo, se piensa que el tamaño de las LDL también puede verse influenciado por la obesidad. También se ha observado que en pacientes jóvenes con presión arterial elevada también aparece más proporción de LDL pequeñas y densas que en los que presentan una presión óptima.
La reducción de peso de pacientes obesas a partir de una dieta controlada, así como el tratamiento de la diabetes con hipoglucemiantes orales y el de hiperlipidémicos con estatinas han mostrado ser exitosos al aumentar el tamaño de las LDL, asociándose este efecto con la disminución de los triglicéridos plasmáticos. 16














Hipertensión arterial

Alrededor del 90% de los casos de hipertensión arterial corresponde a hipertensión esencial o primaria. Los casos de hipertensión secundaria pueden ser debidos a problemas renales, endocrinos, vasculares, etc.
El índice de masa corporal se relaciona estrechamente con los niveles de presión arterial. A medida que se aumenta de peso se eleva la tensión arterial.
La pérdida de peso implica, habitualmente, una bajada de la presión arterial.

Reducciones modestas de peso (5-10%) pueden ser efectivas para disminuir la presión arterial sistólica y diastólica de 4 a 7 y de 3 a 6 mm de Hg, respectivamente.
La hipertensión es también un factor de riesgo importante para la EC. Diversos estudios sugieren que por cada 1% de incremento o cada 1 mm de Hg en la presión arterial sistólica aumenta el riesgo de EC en un 2%. 17, 18





Diabetes mellitus tipo 2 / resistencia a la insulina

Los objetivos de la dieta en el tratamiento de la diabetes son mucho más amplios que en la mayoría de enfermedades o trastornos de salud. Es necesario conseguir un buen estado nutricional, controlando meticulosamente los valores de glucemia. Es preciso también minimizar el riesgo de hipoglucemia, conseguir un peso próximo al normal y reducir el riesgo de complicaciones derivadas de la diabetes. En la diabetes tipo 2 del obeso se tiene que conseguir una disminución de la  resistencia periférica a la insulina con la mejora de la tolerancia a la glucosa, la disminución de la hiperinsulinemia y mejora del síndrome metabólico (hipertensión, hiperglucemia e hiperlipemia).
La prevalencia de diabetes es casi 3 veces más alta en obesos. El diabético tipo 2 debe tratarse en principio con dieta, añadiendo los hipoglucemiantes orales o la insulina sólo cuando se demuestre el fracaso del tratamiento dietético. En los diabéticos obesos lo más importante del tratamiento es la indicación de una dieta hipocalórica y, en consecuencia, también reducida en el total de glúcidos. Se piensa que el hiperinsulinismo y la resistencia a la insulina, habitual en los obesos, se desarrollan por un aumento de la masa del tejido adiposo. La reducción de peso en obesos con diabetes mellitus no insulinodependiente suele mejorar la resistencia a la insulina y la gravedad de la enfermedad.

En el Nurses Health Study se vio que mujeres con un IMC de 29-31 tenían 28 veces más posibilidades de presentar diabetes mellitus tipo 2 que aquéllas que tenían un IMC inferior a 22, y si el IMC era superior a 35, el riesgo era 93 veces mayor. 19
A partir de los estudios sobre individuos con diabetes, se puede estimar que cada kg de pérdida de peso se disminuyen las concentraciones de glucosa plasmática en 0,2 mM. De este modo, pérdidas de peso de 5 kg pueden determinar disminuciones de glicemia de 1 mM o 18 mg/dl. Esta mejora está en el rango de los efectos de los agentes hipoglucemiantes orales que se utilizan terapéuticamente. 1






Tabla 6. Efecto de la pérdida de peso sobre los principales factores de riesgo coronario
Factor
Unidades
Cambio por kg de peso perdido
Colesterol
%
mg/dl
-0.99
-2.28
Colesterol-LDL
%
mg/dl
-0.68
-0.91
Triglicéridos
%
mg/dl
-1.93
-1.54
Colesterol-HDL
%
mg/dl
0.15
0.07
Presión sanguínea sistólica
%
mg/dl
-0.49
-0.68
Presión sanguínea diastólica
%
mg/dl
-0.38
-0.34







Hiperuricemia / gota

La hiperuricemia se produce por un aumento de los precursores del ácido úrico o excreción insuficiente de éste último.
Las causas pueden ser defectos enzimáticos hereditarios o secundarias a otras situaciones como el tratamiento con algunos fármacos, insuficiencia renal, ayuno o rápidas pérdidas de peso, contenido elevado de purinas en la dieta y exceso energético.
Las consecuencias de la hiperuricemia incluyen procesos de gota en uno de cada cinco casos, litiasis úrica y nefropatía gotosa.
La gota es un estado crónico de hiperuricemia asociado con episodios dolorosos de artritis gotosa, tofos y afección renal.
Los objetivos del tratamiento dietético deben ser conseguir y mantener el peso adecuado (si es el caso: pérdida moderada y progresiva de peso); aporte alimentario equilibrado; reducir los factores alimentarios susceptibles de provocar una crisis. 2, 3




Complicaciones respiratorias

Podemos destacar dentro de este grupo la apnea del sueño y el asma. La pérdida de peso implica una mejora significativa de este tipo de trastornos y su sintomatología.
En el caso del asma, si bien no se conoce que la obesidad esté causalmente asociada a ella, la alta prevalencia de obesidad determinará que un gran número de asmáticos sean también obesos. La obesidad puede afectar el funcionamiento pulmonar y causar el empeoramiento del asma. Los mecanismos por los que la pérdida de peso puede aliviar los síntomas asmáticos incluyen el alivio del colapso de vías respiratorias, la estimulación de la actividad adrenal y la reducción de posibles alérgenos y broncoconstrictores.
La reducción de peso en pacientes obesos asmáticos mejora la función pulmonar, los síntomas, la morbilidad y el estado de salud general. 20




Función sexual

Recientes investigaciones señalan que la pérdida de peso también puede incidir positivamente en la recuperación de la función sexual masculina. Gottlieb y colaboradores señalan en un estudio cómo un tercio de hombres obesos que presentaban disfunción eréctil, mejoraron su función sexual tras una disminución del IMC que pasó de 36,9 a 31,2 de media, a partir de la reducción calórica de su dieta y el incremento de su actividad física. 21


TRATAMIENTO DE LA OBESIDAD

La información sobre la efectividad de las diferentes intervenciones para los pacientes obesos está disponible desde hace relativamente poco tiempo. Aunque existen resquicios en la evidencia, se identifican diversas intervenciones potencialmente efectivas en la pérdida de peso: dieta, ejercicio, estrategias comportamentales, la combinación de las tres anteriores, uso limitado de fármacos junto con otras estrategias de cambio de estilo de vida y cirugía en caso de obesidad mórbida. Las recomendaciones incluyen el uso de estrategias de mantenimiento como la terapia de continuación y estrategias preventivas. Los programas de pérdida de peso suelen fijarse inicialmente unas pérdidas del 10% del peso inicial, a un ritmo de 0,5 a 1 kg por semana, durante 6 meses. No es necesario conseguir un peso corporal ideal y a menudo no es realista a largo plazo. Las subsiguientes estrategias suelen basarse según el peso perdido inicialmente. La pérdida de peso a corto plazo es fácil, pero el mantenimiento del peso conseguido a largo plazo es complicado.
El peso corporal no es a menudo el problema principal, excepto si afecta a la movilidad. Lo es la morbilidad asociada con las más importantes complicaciones metabólicas, las cuales pueden mejorar rápidamente aunque la pérdida de peso sea mínima. 4, 22



Dietoterapia

Dentro de las medidas disponibles de actuación dirigidas a combatir la obesidad, la dieta es el pilar fundamental de su tratamiento. En tanto no se conozcan a fondo los mecanismos patogénicos y genéticos involucrados, las únicas medidas terapéuticas posibles y efectivas consistirán en procedimientos que consigan disminuir la ingesta energética y/o aumentar el gasto calórico.

Las recomendaciones dietéticas más comunes hacen hincapié en dietas bajas en calorías y grasa, con una ingesta calórica de 800-1500 kcal por día. La reducción calórica adecuada en función de la ingesta calórica habitual es de 500-1000 kcal. Esto permitiría una pérdida de peso de 0,5 a 1 kg por semana.
Dietas muy bajas en calorías (<800 kcal/día) no han demostrado ser más efectivas tras un año de tratamiento y no se recomiendan.

El concepto de dieta habrá que entenderlo en el marco de un plan alimentario estructurado pero flexible, encaminado a reducir el aporte energético del individuo obeso, atenuar el rendimiento calórico de los alimentos aportados y corregir las anomalías del patrón alimentario.
Aunque el objetivo fundamental a la hora de implantar una dieta en el paciente obeso sea conseguir una disminución de la masa grasa corporal, no hay que olvidar que existen objetivos secundarios importantes que incluso determinarán el éxito del objetivo primordial: mantener el peso perdido, corregir errores de dietas anteriores, modificar los comportamientos anteriores anómalos, disminuir los factores de riesgo asociados a la obesidad y restablecer el equilibrio psicosomático del individuo.
La dieta debe adaptarse siempre al sexo, la edad, el tipo de trabajo o actividad, el peso de partida, las patologías asociadas y no ha de interferir en la medida de lo posible en la vida social, laboral o familiar del paciente. El éxito del planteamiento dietético debe buscarse siempre a largo plazo, marcando con anterioridad los objetivos a cumplir y no olvidando que los índices de fracaso hoy en día llegan a ser del orden del 90% a los 10 años del inicio del tratamiento.





A la hora de establecer una dieta y valorar su aporte calórico total habrá que valorar el contexto clínico del paciente, la fase ponderal del mismo (ascendente, estable o descendente), la presencia o no de trastornos alimentarios, la estimación del gasto energético del paciente y, sobre todo, su ingesta habitual previa. Todos estos factores se deben evaluar mediante la confección de una encuesta alimentaria del paciente.

En este contexto, uno de los puntos en los que nos podemos apoyar es en la utilización de alimentos reducidos en calorías gracias a la tecnología alimentaria actual, que nos puede proporcionar alimentos atractivos y apetitosos con un aporte calórico muy limitado. Este es sin duda un campo en plena expansión y que lo seguirá siendo en los próximos años.
La sustitución del azúcar por edulcorantes acalóricos como el aspartame es una buena ayuda para reducir las calorías de la dieta, dado que en la mayoría de países occidentales el azúcar proporciona alrededor del 10% del total calórico (unas 200 kcal o 50 g al día). El consumo anual de aspartame es de unos 5 g, equivalente a 1 kg de azúcar (el aspartame es 200 veces más dulce que el azúcar), cuyas 4.000 kcal podrían suponer 0,5 kg de ganancia de peso. 23



Actividad física

La obesidad está frecuentemente asociada con una baja actividad física. Un incremento en el gasto calórico puede suponer un balance calórico negativo que reduzca las reservas de grasa del organismo. En el caso de la dieta, para lograr una pérdida de peso sostenida de 5 kg en el peso corporal de un paciente, uno de cada 10 lo lograban. En el caso de sólo ejercicio físico lo logran uno de cada 17 pacientes.
En una situación de restricción calórica, como es la instauración de una dieta hipocalórica, se produce una disminución del gasto metabólico basal, esto es, se disminuyen las necesidades energéticas del organismo. Puesto que el gasto metabólico basal depende fundamentalmente de la cantidad de masa magra, posiblemente los efectos del ejercicio sobre este gasto estén condicionados por los cambios en la composición corporal que pueda inducir la actividad física.
Así mismo, la realización de un ejercicio físico puede aumentar el efecto térmico de los alimentos en periodos próximos a la realización de este ejercicio.
Obviamente, la actividad física en sí misma conlleva un gasto energético. Incluso, la realización de ejercicio puede mantener elevado el gasto metabólico basal hasta varias horas después de la realización de la actividad.
En general, se puede afirmar que el aumento de la actividad física supone un incremento del gasto energético total del individuo, pero este incremento presenta una enorme variabilidad de unas personas a otras. Además, este aumento del gasto energético total puede ser parcial o totalmente compensado por un aumento de la ingesta de alimentos.


Sin embargo, en lo referente a la práctica regular de ejercicio físico, al margen de la mera contribución a la pérdida efectiva de peso, existen otra serie de factores saludables a considerar y que recomiendan su inclusión en el tratamiento del paciente obeso y de la población en general.


Efectos beneficiosos de la práctica habitual de ejercicio

Disminución de la morbimortalidad
Aumento de la esperanza de vida
Mejora y refuerzo de la estructura osteoarticular
Aumento de la sensibilidad a la insulina y la tolerancia a la glucemia
Mejoría de los parámetros inmunitarios
Aumento de la capacidad cardiopulmonar
Mejora del control de la presión arterial
Mejora del perfil lipídico
Estímulo de la autoestima y mejora de la sensación de bienestar




Dieta & ejercicio

La combinación de dietoterapia y ejercicio supone una mayor pérdida de peso que la dieta o el ejercicio solos. 1, 4


Apoyo psicológico

El desarrollo de un plan de actuación que resulte exitoso a la hora de tratar la obesidad debe contemplar el apoyo psicológico, en el que en muchas ocasiones deben implicarse los familiares del paciente obeso.
Si se pretenden establecer modificaciones en el estilo de vida del paciente, como puedan ser cambios en el patrón alimentario y en sus hábitos de actividad física, es preciso tener conciencia de la importancia que el apoyo psicológico representa.
Ya se ha comentado que el tratamiento de la obesidad ha de plantearse a largo plazo, si bien es importante irse marcando pequeños objetivos a corto plazo que tras su consecución por parte del paciente, supondrán un respaldo psicológico importante de cara a reforzar su voluntad y su autoestima. Hay que concienciar al paciente obeso de que estos pequeños logros constituyen en sí mismos un éxito en el tratamiento y la evolución de la obesidad.

Es fundamental a la hora de establecer y llevar a cabo el tratamiento de la obesidad, que el entorno familiar del paciente obeso esté igualmente concienciado y aporte todo el apoyo psicológico y afectivo para que los cambios en el estilo de vida y en los hábitos del paciente se establezcan con naturalidad.






Farmacoterapia

Los tratamientos farmacológicos habituales incluyen 2 tipos de fármacos: los fármacos anorexígenos (que disminuyen el apetito, como la sibutramina), y los fármacos que interaccionan con el metabolismo (como los inhibidores de la lipasa intestinal). No existen estudios suficientemente largos para concluir su éxito, teniendo en cuenta también los riesgos y efectos secundarios. En cualquier caso, las recomendaciones encuadran la utilización de fármacos en el tratamiento de la obesidad como parte de un programa de pérdida de peso que incluya también dietoterapia y un plan de ejercicio físico.


El perfil del fármaco ideal para el tratamiento de la obesidad debería cumplir las siguientes condiciones:
·        Demostrar su eficacia en la reducción de peso y en la mejora de las enfermedades secundarias a la obesidad
·        Efectos secundarios transitorios y tolerables
·        Sin propiedades adictivas
·        Mantener su eficacia a largo plazo
·        Sin efectos secundarios importantes a largo plazo
·        Mecanismo de acción conocido
·        Relación coste/beneficio razonable
*Este fármaco ideal aún no existe




Cirugía gástrica

La cirugía gástrica está indicada para el tratamiento de la obesidad mórbida (IMC>40) cuando el resto de alternativas ha fracasado y el riesgo de la intervención quirúrgica es aceptable. Hay diferentes técnicas quirúrgicas para el tratamiento de la obesidad que se basan en dos conceptos:  disminuir la capacidad gástrica y producir un síndrome de malabsorción. Esta última  técnica está abandonada en la actualidad. Las técnicas quirúrgicas consideradas más efectivas son: la gastroplastia vertical, el bypass gástrico Roux en Y, el switch duodenal y algunas técnicas laparoscópicas, aunque todavía están pendientes de evaluación de su eficacia y seguridad a largo plazo.

Selección de pacientes para la Cirugía:

  • Ineficacia previa del tratamiento global utilizando medidas dietéticas, de actividad física y farmacológicas
  • Riesgo quirúrgico aceptable en pacientes bien informados y motivados
  • IMC > 40
  • Equipo multidisciplinar y experimentado






Tabla 7.Escalones en el tratamiento de sobrepeso y obesidad
IMC<25 (normopeso)
IMC: 25-29,9
(sobrepeso)
IMV30 (obesidad)
o sobrepeso con hipertensión, diabetes, hiperlipemia
IMV30 (obesidad)
o IMC≥27 con hipertensión, diabetes, hiperlipemia
IMV40(obesidad)
O IMC≥35 con hipertensión, diabetes, hiperlipemia
Felicitar y reforzar dieta y ejercicio
Aconsejar dieta y ejercicio
Dieta, ejercicio y terapia comportamental
Dieta, ejercicio y terapia comportamental
Dieta, ejercicio y terapia comportamental



Farmacoterapia
Farmacoterapia




Cirugía













Obesidad infantil

La obesidad en la infancia y adolescencia requiere una especial atención. El tratamiento en adultos persigue la reducción de peso; en la infancia el tratamiento debería prevenir el aumento de peso pero no debería usarse antes de los 6 años de edad. Se ha visto que modificaciones importantes en el comportamiento, incluyendo el aumento de la actividad física, son efectivas para la obesidad infantil. La obesidad infantil es uno de los mayores factores de riesgo para la obesidad adulta, si bien no todos los niños obesos acaban siéndolo  en la edad adulta. El tratamiento dietético debería perseguir pequeñas reducciones en la ingesta energética a partir de limitar, por ejemplo, las raciones de alimentos densos energéticamente. La reducción de la inactividad, propiciada por la televisión, los ordenadores y videojuegos, debería limitarse también. El tratamiento farmacológico y la cirugía deberían evitarse.














Los principales objetivos del tratamiento de la obesidad son los siguientes:

-Fomentar una reducción de peso de al menos un 5%, que es suficiente para proporcionar un beneficio para la salud.
-Prevenir o reducir al mínimo la recuperación del peso perdido.
-Prevenir o paliar los trastornos asociados.
-Mejorar la calidad de vida.




Puntos clave para el manejo clínico de la obesidad:

Manejar la obesidad como una enfermedad crónica
Utilizar el IMC como herramienta para establecer el diagnóstico y decidir el tratamiento
Una modesta pérdida de peso (5-10% del peso corporal) determina una mejora o la prevención de hipertensión, diabetes e hiperlipemia
Existen tratamientos efectivos para la obesidad y el sobrepeso. La combinación de dieta y ejercicio proporciona los mejores resultados
Aconsejar a los pacientes conseguir la meta del 10% de reducción del peso ( de 500 a 800 kcal de reducción en la ingesta diaria supone una pérdida semanal de 0,5-1 kg de peso) mejor que esperar conseguir el peso ideal
Aconsejar a los pacientes ejercicio que les permita aumentar el gasto energético
Defender políticas sociales que promuevan una buena nutrición e incrementen la actividad física





PREVENCIÓN DE LA OBESIDAD

Aunque no se han llevado a cabo investigaciones sobre la prevención de la obesidad, las evidencias indirectas indican que la prevención es posible. Las campañas de información a nivel nacional así como fomentar el ejercicio físico deben ser las prioridades de las autoridades sanitarias a este nivel.4

Entorno sociocultural. Cambios en los patrones alimentarios tradicionales

Ya se ha comentado cómo la etiología de la obesidad incluye tanto factores genéticos como ambientales y conductuales. El ritmo de vida en las sociedades industrializadas condiciona en gran medida la adquisición de hábitos y conductas poco saludables. Ya desde la infancia los hábitos y conductas empiezan a ser preocupantes: sedentarización, consumo indiscriminado de comida rápida y productos de bollería industrial, permanencia de horas delante del televisor (que en muchas ocasiones influye decisivamente en el arraigo de este tipo de mensajes de índole puramente comercial que fomenta este estilo de vida frenético y que consideramos "moderno"). Los niños ven al año la televisión más horas que las que dedican a su educación académica, convirtiéndose en su segunda actividad, sólo superada por el tiempo dedicado a dormir. La televisión es, por tanto, una de las fuentes principales de información para ellos, que compite muchas veces ventajosamente con los padres y la escuela. Un alto porcentaje de anuncios televisivos estimula e induce a este grupo de edad al consumo de alimentos y bebidas, ya sea porque son presentados como saludables y de prestigio social, y por tanto, para consumir la cantidad que se desee sin ningún riesgo o por las propiedades organolépticas que poseen. La permisividad y tolerancia de muchos padres facilita aún más a los niños el comer a la “carta televisiva”.
Es obvio que en muchas ocasiones las armas de las que disponemos son demasiado débiles para luchar contra este tipo de factores que determinan, entre otros trastornos, que la incidencia de enfermedades como la obesidad se venga incrementando en los últimos años desde edades muy tempranas, pero es necesario que sigamos incidiendo en ellas para lograr una concienciación efectiva al respecto.
De entre los múltiples factores implicados en el hecho de que en los últimos años se hayan producido importantes variaciones en el patrón de consumo alimentario, destacan los sociales (trabajo de la madre, menor dedicación de tiempo para elaborar las comidas…) y económicos (influencia de la industria alimentaria a través de los medios audiovisuales). Es preciso insistir que estos cambios repercuten especialmente en los niños, llegando a determinar que los datos sobre incidencia de obesidad y los niveles séricos de colesterol infantiles se estén incrementando en los últimos años. Muchos apuntan que este hecho es consecuencia de la progresiva “occidentalización” de la dieta tradicional que caracterizaba a los países de la cuenca mediterránea, dieta que, por otra parte, ha demostrado sus múltiples beneficios para la salud. Tendremos que empezar a concienciarnos de que debemos regresar, en la medida de lo posible, a los cánones nutricionales que regían las pautas alimentarias de esta misma zona geográfica hace algunos años: la dieta mediterránea. Esta tradición alimentaria que por sus peculiares características y en comparación con los hábitos alimentarios de los países desarrollados del norte de Europa y Norteamérica, puede afirmarse que contribuye a una excelente salud al mismo tiempo que proporciona placer y bienestar. 5




Consideraciones  relativas a la prevención de la obesidad


·        La obesidad (IMC>30) es una enfermedad que se puede prevenir mediante cambios en el estilo de vida. El sobrepeso (IMC>25) es el mayor determinante de enfermedades como la diabetes mellitus tipo 2, la cardiopatía isquémica y aumenta el riesgo de diversos tipos de cáncer, enfermedad de la vesícula biliar, alteraciones musculoesqueléticas y síntomas respiratorios. En algunas poblaciones, las consecuencias metabólicas del exceso de peso se inician con niveles moderados de sobrepeso. El coste derivado de la obesidad es alto no sólo en cuanto al coste sanitario y muerte prematura, sino también por las enfermedades asociadas, y también por la disminución de la calidad de vida que produce.
·        La prevalencia del sobrepeso y de la obesidad está aumentando de forma dramática en todo el mundo. En algunos países en vías de desarrollo coexisten la obesidad y la malnutrición. Hay una necesidad urgente de prevenir o revertir comportamientos insanos en los patrones de alimentación y de actividad física en los países desarrollados.
·        Algunos individuos presentan sobrepeso y obesidad porque tienen una predisposición genética o biológica a aumentar de peso en condiciones ambientales desfavorables. Sin embargo, las causas fundamentales de la epidemia de obesidad son sociales y secundarias a una sociedad que favorece estilos de vida sedentarios y el consumo de alimentos con gran contenido en grasas. Estos dos factores interactúan, mientras que es posible que personas con una actividad física  intensa y prolongada toleren dietas con un alto contenido en grasas ( 30 al 40%). La reducción de la ingesta de grasa (20 al 25% de las calorías diarias) es necesario para minimizar el desequilibrio energético y el aumento de peso en individuos y sociedades sedentarias.
·        La prevención del sobrepeso y la obesidad debe iniciarse en la infancia. Debe contemplarse el desarrollo y el mantenimiento a lo largo de la vida de una alimentación sana y equilibrada y de un buen patrón de actividad física. En los adultos, la prevención de la obesidad debe incluir esfuerzos para prevenir una mayor ganancia de peso aunque el IMC sea normal. Estilos de vida sanos, que incluyan dietas equilibradas con un aumento del consumo de verduras, frutas y cereales, con un aumento en los niveles de actividad física (caminar) y con una reducción de los comportamientos sedentarios deben ser promovidos. La prevención no es sólo responsabilidad de los individuos, sino que requiere cambios estructurales en nuestra sociedad.
·        El manejo de los individuos que ya padecen obesidad debe combinar como objetivo fundamental lograr una moderada pérdida de peso (5 al 15% del peso inicial), manteniéndola a largo plazo con un tratamiento apropiado y manejo de las comorbilidades. Aquellos sujetos que presenten un alto riesgo de desarrollar obesidad, esto es, que presenten sobrepeso (IMC 25-29.9), deben recibir atención médica focalizada en la prevención de la ganancia de peso. Un apoyo y una atención médica apropiados para conseguir cambios en los hábitos alimentarios y de actividad física deben formar parte de cualquier estrategia terapéutica. El tratamiento farmacológico y la cirugía deben considerarse parte del tratamiento en aquellos obesos que no responden al tratamiento primario. 






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