jueves, 16 de septiembre de 2010

Del Paleolítico a nuestras mesas


La disociación entre nuestras características genéticas y la evolución de nuestros hábitos culturales y de comportamiento como principal precursor de patologías actuales

El ser humano evolucionó en el periodo Paleolítico, desde aproximadamente 2,6 millones de años atrás hasta hace 10.000 años. Sin embargo, aunque el genoma humano ha permanecido prácticamente inalterado durante los últimos 10.000 años, nuestra dieta y estilo de vida ha evolucionado sustancialmente en comparación con las de nuestros lejanos ancestros. Esos problemas ‘maladaptativos’ comenzaron aproximadamente 10.000 años atrás con la aparición de la agricultura y se han visto acelerados en décadas recientes. Socialmente somos ciudadanos del siglo XXI, pero genéticamente somos individuos de la era Paleolítica.

Hoy en día, la mayoría de nosotros habitamos en zonas urbanas altamente mecanizadas, llevando vidas sedentarias y alimentándonos a partir de una dieta sintética y altamente procesada. Como resultado:
-         Gran parte de la población presentan sobrepeso u obesidad
-         La incidencia a lo largo de la vida de hipertensión arterial es del 90%
-         El síndrome metabólico está presente en buena parte de los adultos de mediana edad.
-         La patología cardiovascular permanece como causa principal de muerte, siendo causa de cerca de la mitad de las mismas
-         La prevalencia de cardiopatías se prevé que se doble en los próximos 50 años
-         La salud mental en las sociedades avanzadas también es una de las principales consecuencias de esta desincronía entre genética y estilo de vida

Al menos hasta hoy, los genes con los que hemos nacido serán los genes con lo que moriremos. La solución más práctica para reducir la incidencia de las enfermedades degenerativas crónicas es realinear nuestra actual dieta y estilo de vida con la simulación de las condiciones para las que estamos diseñados genéticamente.

Los organismos vivos prosperan mejor en el entorno y bajo las condiciones para los que fueron evolutivamente adaptados. Ese es un axioma fundamental de la biología. Todos los alimentos consumidos por nuestros lejanos ancestros tenían que ser recolectados o cazados de entre los animales y plantas salvajes de su mundo natural. El modo de vida cazador-recolector se extinguió definitivamente en el siglo XX. En el comienzo del siglo XXI, somos la primera generación que dispone del conocimiento genético y científico que permite reconstruir la esencia de ese estilo de vida y los medios para conseguirlo.

Las evidencias históricas y arqueológicas muestran que los cazadores-recolectores eran generalmente delgados, estaban en forma y estaban en gran medida libres de síntomas de enfermedades crónicas. Cuando las sociedades transitaron hacia una forma alimentaria determinada por la agricultura y una dieta basada en los cereales, su salud general se vio deteriorada.
La altura media de los adultos que consumían cereales y féculas era menor en comparación con sus ancestros cazadores-recolectores que consumían carnes magras, frutas y vegetales.
Estudios a partir de huesos y dientes revelan que las poblaciones que cambiaron a una dieta basada en cereales tuvieron vidas más cortas, mayor mortalidad infantil y una mayor incidencia de osteoporosis, raquitismo y otras enfermedades relacionadas con las deficiencias de minerales y vitaminas.
Cuando los cazadores-recolectores adoptaron un estilo de vida ‘occidental’, la obesidad, la diabetes tipo 2, la aterosclerosis y otras enfermedades de la civilización se difuminaron ampliamente.

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